Paseo en bici

Este fin de semana ha sido de esos que deseas recordar cada momento, y que te dejan con una sonrisa en la boca cuando piensas en lo que hiciste.

Uno de mis propósitos para este verano que enumeré aquí, (y que conste en acta que los he cumplido todos menos uno) era montar en bici.

Pues este fin de semana, mi marido terminó de animarme al decirme que le haría una ilusión tremenda que fuéramos los cinco en bici a merendar al campo. Pero claro, eso implicaba rescatar bicis, sillita de niño…así que mientras los abuelos se encargaban de los enanos, nos fuimos en busca de bicicletas para nosotros dos. Y es que aquí la menda no recuerda cuándo fue la última vez que montó. Echando cálculos, llegamos a la conclusión que fácilmente más de 13 años, que ya es bastante.
Estábamos los dos tan ilusionados, que nos dio igual las telarañas del garaje, el tener que montar ruedas, ir dos veces hasta la gasolinera a inflar las ruedas…con ayuda de mi suegro recatamos y volvimos a montar la sillita que le compraron a mi marido cuando tenía un año para llevarle en bici y vivían en Boston. 
Dos horas después estábamos listos para la excursión. ¡Los niños alucinaban con que su madre supiera montar en bicicleta! Y rumbo al campo. Primero papá con la heredera a bordo, los niños y al final yo, para controlar que no se me desmadraran (carácter prusiano a flor de piel).
El trayecto no era muy largo, a penas 15 min. en bici, pero claro, con cuestas, raíces que atravesaban el camino de lado a lado…pero no había obstáculo que nos detuviera.
Especialmente, porque sabíamos que cuando llegáramos a nuestro destino, nos esperaba una merienda muy especial. Unas galletas fritas y rellenas de mermelada de fresa y melocotón, que a parte de una bomba calórica (me queda el consuelo que para poder comérmelas monté en bici), están de morirse. Nos las hizo una vecina que adora a los niños y sabe que nos rechiflan.
Aprovechamos el descanso para dejar “aparcadas” las bicis
Y hacer fotos porque el campo está empezando a otoñar y está precioso. Además la luz de la tarde en Segovia es alucinante.

¿Y cómo se portó la heredera? La heredera, estaba feliz, cantando, señalando a diestro y siniestro…la sillita, mucho más sencilla que las que venden hoy en día,(y por supuesto, no hablemos de homolagaciones), le debió parecer lo mejor del mundo, porque a la vuelta iba de lo más tranquila.
La experiencia fue genial, yo me relajé, ellos pasaron un tiempo estupendo con nosotros, disfrutamos del campo, y sobre todo de estar en familia.

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